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Capítulo IX
Desenlace del nudo de esta historia

Hasta la hora del almuerzo, y también todo el tiempo que vino después, las horas de aquel día pasaron volando una tras otra por encima de las cabezas de los habitantes de este hemisferio sin ninguna aventura digna de mención. Du Bois siguió las instrucciones de su señor tan al pie de la letra que no solo estuvo aguardando la llegada del minuto de la liberación, sino que fue a su encuentro tambaleándose cuando lo trajo la parda noche.

Habían vuelto a sentarse a la mesa y Du Bois se encontraba de nuevo con los centinelas junto a la puerta trasera. Todo estaba preparado para la huida. Esperaban a que dieran las diez, hora en la que solían irse a la cama, y el marqués apenas si lograba contener su impaciencia. Miraba a todas horas su reloj y siempre veía que la manecilla avanzaba más con parsimonia que con ligereza por la esfera del mismo.

Entretanto, considero que mi opinión es la más probable en este mundo cuando digo que la propuesta de mi héroe sin duda habría tenido éxito si en la mesa no hubiera ocurrido un acontecimiento que yo no sé si mis lectores habrán visto alguna vez.

A esas horas, el posadero recibió a algunos huéspedes más. Delante de su puerta se detuvo un carruaje y los criados de estos señores entraron en la casa. De inmediato, el solícito posadero y su gente se aprestaron a servirles. Los desconocidos fueron recibidos con algunos candiles y entre grandes atenciones fueron conducidos al salón de abajo hasta la mesa en que todos estaban reunidos. Y qué de cualidades debería tener mi pluma si quisiera describir la imagen, tal como fue, del aspecto y los semblantes de ambas partes, su sobresalto, asombro, temor, gozo, desconcierto, ira y exclamaciones. Solo la baronesa y el preceptor lograban mantener la calma y aparentar simplemente extrañeza.

Se comprenderán muy bien todas estas reacciones cuando diga que quien primero accedió al salón fue Herr Glück, que iba acompañado del noble hermano de la condesa de Villafranca, el cual llevaba de la mano a su señora madre. A estos los seguían los criados de aquel y el viejo y leal Thomas. Herr Glück había querido acompañar a la vieja dama y dejar pasar primero al noble, mas con buen tino tuvo en cuenta el carácter vehemente del mismo y le pidió que realizara una cosa que lo retuvo de la manera más absurda del mundo.

p. 170Yo, como fiel cronista, querría confesarle a mis lectores que he recorrido esta estancia doce veces arriba y abajo y que he roto a mordiscos los cañones de tres plumas sin inventar lo más mínimo de la descripción de esta escena. Los símiles a los que a veces tengo que recurrir me han dejado desamparado en esta ocasión y me veo en la necesidad de encomendar estos sucesos a la capacidad de imaginación del lector. Una vez que esta primera escena hubo terminado, Herr Glück se apresuró con gran alegría hacia el atribulado marqués, el cual permanecía allí plantado como un palo, y exclamó:

—Querido sobrino, si me hubierais revelado antes el cariz de vuestros asuntos, nos habríais ahorrado muchos disgustos.

Mientras esto decía, lo abrazó, y también la anciana dama se abalanzó sobre la hermosa condesa, la cual había previsto que le caería más bien un torrente de reproches y no un encuentro tan afable. Bellamonte, sin embargo, se liberó de su tío:

—Señor mío –le dijo–, soy indigno de este afecto que me dispensáis y tampoco pido llegar a ser digno de él si el precio a pagar ha de ser el del desposorio que se cierne amenazante sobre mí –y añadió que no era su intención convertir a Fräulein von Fre*** en su esposa. Al mismo tiempo, escuchó con gran aversión cómo su condesa pronunciaba el nombre de Herr Johann, le dirigía una mirada cuando él nombró a la von Fre*** y lo observaba totalmente desconcertada.

A esto exclamó el noble:

—¿Qué? ¿Qué no queréis a mi hermana? Pero debéis, o… –Y se puso a dar vueltas de un lado a otro de la estancia. La anciana señora levantó las manos al cielo y dijo:

—¿Pero ¿cómo, hija mía, dices que no soportas a Herr Johann y te dejas raptar por él?

El marqués y la condesa se miraron asombrados y Herr Glück se echó en una silla para poder reírse a gusto. Se agarraba los costados como si fuera a ahogarse. Todos se quedaron en silencio para ver cuáles serían las consecuencias de estas risas, que todos los que estaban en la sala tenían por las más groseras e inapropiadas del mundo. Cuando por fin se hubo recuperado, les dijo a los dos enamorados:

—Jovencitos, si esto es cuanto os conocéis, eso es que sois todavía muy inocentes. Sobrino Hans, os confirmo que esta virtuosa señora –dijo señalando a la condesa– es Fräulein von Fre***, y aquí, señorita –prosiguió diciendo–, aquí tenéis a mi sobrino Johann, con el cual se os prometió hace algún tiempo.

Los dos enamorados se quedaron anonadados. Se miraban y apenas si se reconocían. Miraron entonces al resto de los presentes, mas no lograban articular palabra. Finalmente, fue el marqués quien dijo:

—¡Qué asombrosos son los lances del destino! ¡Aquí llegan a su fin todas mis cuitas! Estimada señorita –continuó diciendo, lanzándose a los pies de la hermosa mujer–, queda ahora en vuestras manos el hacer de mí el hombre más afortunado del mundo. Sabéis de mi afición por vos, y no sé yo si alimento demasiadas esperanzas al creer que esta afición no os ha resultado indiferente.

La señorita lo levantó del suelo y le respondió:

p. 171—Señor mío, si hubiera sabido que erais el comerciante que se me había asignado, no habría dado muestras de tal rebeldía y no habría ocasionado pesadumbre alguna a mi familia. No podéis pedirme algo que ya os pertenece y que el consentimiento de vuestros y de mis parientes ciertamente os garantiza ya. Yo os aseguro que esta noche es la más placentera de mi vida y no me haría justicia a mí misma si no estimara que mi felicidad es al menos igual a la vuestra, si es que seguís sintiendo aquel afecto por mí en el que creía por las pruebas que me dabais.

Lisette interrumpió esta conversación:

—Ya veis las maravillosas consecuencias que puede traer consigo un mero malentendido, y estos acontecimientos me reafirman en la convicción de que la historia del marqués francés no está inventada en lo más mínimo.

—¿Pero qué raisonna ahora esta gárrula? –la interrumpió el noble–. Te vas a enterar tú y tus marqueses y franceses. Ojalá cayera una maldición sobre tus endiablados libros. Ellos tienen la culpa de todos estos malditos disparates e incordios con los que me he encontrado esta última semana. Lárgate afuera, Käthe. No quiero verte más. Lene seguro que sería más sensata sin ti.

Käthe se marchó afuera y, mientras tanto, Herr Glück había mantenido una seria conversación con su sobrino.

—Si por culpa de vuestra maldita locura no hubierais perdido la ocasión –le dijo–, de conocer a Herr von Fre***, a su señora madre y a la señorita, pronto habríais estado en la senda correcta y os habríais ahorrado todas aquellas bufonadas. Imaginaos qué hubiera pasado si en vuestra enajenación hubierais dado con otra. ¡Menudo negocio!

—Vos sabéis, tío –le replicó el satisfecho aprendiz de comerciante–, que en todo momento me hablasteis de la necedad de la señorita. Esto me desalentaba. Si me la hubierais descrito tal como yo la conocí, no habría mostrado ningún tipo de oposición.

El señor tío, por su parte, le indicó que conocía las fantasías novelescas de la señorita y que esa era la razón de que la hubiera llamado necia.

Herr Johann y la señorita comenzaban ahora en cierto modo a avergonzarse de verdad por sus extravagancias. Decidieron no emprender nunca más tales andanzas aventureras y experimentar el afecto en el amor solamente si este iba aparejado con la razón. El feliz desenlace de sus aventuras contribuyó en gran medida a que comprendieran lo ridículo de sus ideas, y poco a poco comenzaron a reflexionar de manera tan cabal que creo que esta misma pequeña locura tiene la culpa de la posterior discreción de su conducta.

El autor deseó a ambas partes felicidad en su enlace con las palabras más exquisitas y de una manera tan poética que Herr Johann le prometió ocuparse de él el resto de su vida. La baronesa, por su parte, dio frías muestras de su contento, porque su orgullo estaba sumamente herido, ya que se le revelaba aquí la verdadera condición de una persona que, por amor a una mujer que no se podía comparar con ella ni por condición, ni por medios, y, en su opinión, tampoco por hermosura, había rechazado la mano que ella misma le había ofrecido. Acto seguido se dirigió junto con el preceptor adonde se encontraba el conde enfermo para contarle los asombrosos hechos acaecidos y para asegurarse de que no se apagaba la llama del amor que había prendido en él.

p. 172Herr Glück, que no quería dejar pasar toda aquella alegría sin más consecuencias, hizo que sirvieran fruta, pastas y vino en grandes cantidades, y Herr Johann tuvo que prometerse aquella noche mediante el intercambio de los anillos con la amada Fräulein von Fre***. Mientras todo esto sucedía apareció tambaleándose Du Bois con su padre y con Lisette. Los centinelas lo habían dejado allí medio beodo una vez que ya no resultaban necesarios.

—Señor –comenzó diciendo–, he compartido con vos todos los peligros. ¿No sería también de recibo que fuera también con vos a las maduras? Dejáis ahora el nombre de Bellamonte y yo el de Du Bois. Volvéis a llamaros Herr Johann y yo Görge Hunger (la famine)*. La señorita ya no se llama condesa de Villafranca y Käthe ya no se llama Lisette. Vos os comprometéis y si yo recibiera la misma merced, habría de prometerme con Käthe.

El juicioso Thomas, en nombre de su embriagado hijo, expresó entonces la petición formal a la señora, la señorita y el noble. Herr Glück y Herr Johann lo secundaban y no hubo dificultades para cerrar aquella misma noche el compromiso del audaz Görge con la doncella Käthe.

Thomas le contó a su hijo entonces que el anciano señor se había quedado consternado por las repetidas escapadas del supuesto marqués, pero que no lo había perseguido porque no sabía adónde podía haberse marchado. No obstante, a toda prisa había enviado numerosas peticiones a los juzgados de las ciudades y pueblos situados en las fronteras, en las cuales solicitaba, a cambio de una recompensa considerable, detener a una persona con tal aspecto y vestida de tal modo, y que se le diera noticia de ello. Dijo que el día anterior, por la mañana, había llegado a su casa completamente atribulado Herr von Fre*** y que le había dado noticia del rapto de su hermana. Que el perspicaz comerciante comprendió entonces todo el enredo y consoló al noble. Y que cuando esa misma mañana, tras la apertura de las puertas del lugar, llegó un mensajero con la noticia solicitada, no tardó en partir junto con el noble y por el camino pasaron a recoger a Frau von Fre***.

*Görge Hambre, en alemán y francés respectivamente.