Capítulo I En el que se da razón de quiénes fueron estas dos señoras, y de la primera educación de ambas
En una de las casas de esta populosa ciudad vivía doña Eufrosina Contreras, mujer de don Dionisio Langaruto, y hermana de doña Matilde, esposa de don Rodrigo Linarte, coronel retirado de no sé qué regimiento.
Estos últimos señores vivían pared en medio de la casa de don Dionisio; pero tan inmediatas estaban las habitaciones, como distantes los genios de las hermanas y concuños; porque don Dionisio era semijoven, rico y totalmente dado al lujo y a lo que dicen gran mundo; y el coronel ya frisaba* los cuarenta y cinco años de edad, su fortuna era harto* mediana y su carácter serio y cortesano.
El primero solo pensaba en el juego, bailes, tertulias, modas y paseos; y el segundo, sin declinar en ridículo ni extravagante, se divertía sin disiparse y se entretenía, lo más del tiempo que tenía desocupado, en la lectura de buenos libros.
Como las mujeres, por lo común, siguen el ejemplo de los maridos, la Eufrosina era una petimetra o curra de las últimas modas; su casa una perfecta sociedad de caballeretes almidonados, y su vida un continuado círculo de diversiones y alegrías12.
Doña Matilde, por el contrario, acostumbrada desde muy niña al reposo de su marido, se divertía grandemente con el cuidado de este y de su casa, y cuando quería desahogarse lo hacía con su clave, que tocaba diestramente13.
No* por esto se entienda que su esposo era un mono que la privaba de otra clase de diversiones honestas14. Nada menos: ella tenía y correspondía sus visitas y se franqueaba a cuantos convites la* hacían, especialmente a aquellos cuya asistencia prescribía la amistad y política; pero siempre en compañía de su esposo y nunca tratando de sobresalir en lujo; sencillez que la hacía más estimable de las gentes sensatas15.
p. 40Sin embargo de lo opuesto de los naturales de estas dos familias, se amaban con extremo, ya por los vínculos de la sangre, y ya por la prudencia del coronel y su esposa, que jamás se oponían a sus hermanos, ni chocaban contra su gusto, antes condescendían con ellos en cuanto no les era perjudicial, con cuyo arte cultivaban el cariño de día en día.
Tanto creció este, que no pudiendo sufrir las hermanas la separación de casas, aunque tan inmediatas, trataron de que se abriera una puerta en la pared que las dividía, haciendo de este modo de las dos casas una, y facilitando el vivir juntas y separadas a un mismo tiempo.
Abriose, pues, la puerta, y se estrechó más la comunicación, como era regular, y esta puerta me facilitó observar más de cerca la conducta de ambas familias, porque yo pertenecía a la de don Rodrigo, con quien vivía, por ser mi tutor.
Casi a un tiempo estuvieron grávidas las dos hermanas, y casi a un tiempo dieron a luz los frutos de sus vientres con la mayor felicidad, aunque estos no la lograron igual en el discurso de su vida16.
Doña Eufrosina, después que parió a su hija, a quien pusieron por nombre Pomposa, la entregó al brazo secular de las tías y nodrizas, y no la volvió a ver hasta que la sacó a misa. Su mayor cuidado y conato fue curarse y fortalecerse con buenas gallinas y ricos vinos, los días que la preocupación señala de cama a las paridasb. Con tan* semejante esmero se levantó famosa y rozagante, al mismo tiempo que su hermana doña Matilde tenía algo quebrado el color, por razón de que criaba a sus pechos a su niña Pudenciana.
Entre las visitas de la casa, no faltaban algunas señoritas que celebraban la robustez de Eufrosina, apoyándola el arbitrio de no criar a sus hijos.
—Haces* muy bien, niña –la decían–, haces muy bien de no criar a tus hijos. Yo así lo hago, y ya ves qué buena salud gozo después de haber parido ocho muchachos.
—Con razón –decía otra–; yo pariera veinte y no criara uno; porque la crianza acaba a las mujeres, y por fin, no es moda, ni se quedan estas cosas para las personas de nuestra clase, sino para las pobretas y gente ordinaria.
—¡Ya se ve que sí! –decía otra–. ¿Qué dijera la marquesa Tijereta, ni la Tremenda ni otras señoritas que visitan esta casa, si vieran a Eufrosina criando a su hija como una chichi alquilona17?
—¡Jesús!, ni pensarlo –decía una chatilla remilgada–. A mí nada me va ni me viene; pero se me coge* el corazón de ver a tu hermana Matilde cargando al nene todo el día, y este chupándole la mitad de la vida; no en balde está la pobre tan descolorida y flaca, que parece gato de azotea. ¡Qué ordinario y qué mezquino debe de ser el viejo de su marido!
—Yo harto me mortifico de estas cosas –respondía Eufrosina–, harto le decimos a don Rodrigo, y aun nos hemos ofrecido a pagarle la chichi; mas no hay forma de entrar por el aro; siempre nos sale con que esa es obligación precisa de las madres; que la que no lo hace así no merece este nombre, y otras tonterías semejantes.
b La preocupación consiste en que sean precisamente cuarenta días de cama, y no más ni menos, cuando este tiempo ya debiera ordenar según la constitución y robustez de la paciente, y no según una rutina que inventó el chiqueo y no la necesidad.
p. 41—Sí lo creo –decía la chata–: si vieras qué trabajo me costó imponer a mi marido a que pagara chichiguas para sus hijos, ¡oh!, eso fue mucho. ¡Sobre que el señor mío estaba acuñado a la antigua y presumía de muy filósofo y racional! ¡Qué sermones me echaba, qué comparaciones me ponía y qué cuentecillos me hacía leer!; pero no le valió. Mi constante respuesta era decirle que todas estas eran faramallas, vejestorios y arbitrios de mezquinos18; que yo era una señora decente, y era muy mal visto en las de mi rango esa clase de trabajo y tarea, propia de la gente ruin y miserable, y que, por último, yo estaba resuelta a ahogar a los muchachos antes que permitir que ellos me exprimieran la última gota de mi sangre.
»Cuando mi marido oía semejantes razones hacía del enojado y se marchaba a la calle. Me acuerdo que en mi primer parto, en una de estas, se fue y no vino hasta la noche sin traer chichigua, creyendo que yo me había de ablandar a los gritos del muchacho; pero ¿cuándo? Él lloró hasta que se cansó sin querer tomar la leche que le daban las criadas; mas no probó la mía. Ello hubo en casa la de san Quintín*, cuando lo supo mi marido; pero yo conseguí salirme con la mía y que lo criara una negra retobada como el diablo, y creo que gálica, por señas que el niño se murió a pocos días medio podrido, y desde entonces, ya mi marido tiene buen cuidado de buscar chichis robustas a sus hijos19.
Algunas de estas conversaciones pasaban delante de doña Matilde, y esta sencillamente las refería a su marido, quien le decía:
—Hija, no hagas caso de las producciones de esas locas. El ídolo que adoran es su carita, y con tal que esta no desmerezca, poco cuidado se les da de atropellar las leyes de Dios y de la naturaleza. Mucho y bien han declamado los sabios contra este abuso; pero nunca lo bastante para exterminarlo de las sociedades…
A este tiempo tocaron la campanilla de la escalera, abrieron el portón y entró, haciendo un terrible ruido con las espuelas, precipitadamente a la sala*, seguido de una vieja, un payo con su mangota embrocada, su paño de sol en los hombros, sus botas de campana y dos perritos en las manos, y sin quitarse el disforme sombrero dijo20:
—Ave María, seor* amo…
—¿Qué es esto, Pascual*? –le preguntó el coronel–, ¿qué te ha sucedido?, ¿qué tienes que te vienes ahogando?
—¡Qué he de tener, señor! –decía Pascual (que era mayordomo de un ranchito que tenía el coronel)–, ¡qué he de tener! Estas son unas picardías, unas perradas que no se pueden aguantar entre cristianos. No sé cómo no quen21 rayos a manojos y acaban con la ciudá.
—Pues, vaya –repetía el coronel–, ¿qué te ha sucedido?
—¡Qué me ha de suceder! En malhora me encargó el señor cura de mi tierra que tragiera una carta en la calle de… de… quén sabe cómo se llama la calle; pero ello es que el rétulo de la carta era para la señora Lustrina…
—Liduvina se llama mi ama, que no Lustrina –decía la vieja muy enojada–, ¡habrase visto!, ¿que hasta eso más es usted ponenombres?, ¿o ya se metió a arzobispo para confirmarla?
p. 42—Todo está güeno –decía el payo–, ¿cómo dice que se llama su ama?
—La señora doña María Liduvina…
—Ascan, ansina, eso es22 –reponía Pascual–, ansí se llamará, sino que como yo tengo mal güido se me había olvidado23; pero el cuento es, seor amo, que yo juí a la casa y llegué, ¿y qué hago?, subo, entro de sopetón hasta la recámara, y me jallo a la señora Luterina dándole de mamar a estos dos cachorros, sin tener tantita caridá de un probe muchachito de tres meses que estaba tirado a sus pies en una saleyita, dando el pobre angelito unos gritos que hasta se desmorecía, y croque era de hambre, porque se chupaba las manitas y se revolcaba como culebra24.
»Yo no me pude sofrenar, y ansí le dije a la señora: «¿No juera más mejor que le diera de mamar a ese probe niño, que al fin es cristiano como nosotros, y no a esos perros que tiene colgados de las chichis? ¡Si a mano viene será su hijo el muchacho!». Lumbre le quemaron en los lomos a la tal Lustrina o como se llame; porque poniéndose más colorada que un huachichilc, me dijo: «¡Quítese de aquí el payo bruto, barbaján, majadero, entremetido25! Y ¿qué le va o qué le viene que yo dé de mamar o no a mi hijo?». Yo le dije: «Sí me va, porque la leche que le da a los perros, más mejor se la diera a ese niño, y yo no he de consentir tal picardía», y diciendo esto, le arrebaté los cachorros y me salí corriendo para cá en casa; pero en la calle me alcanzó esta maldita vieja, que a pura juerza quere que se los dé, y yo no se los quero dar, porque son más güenos para el rancho a conforme están de gordos y grandotes.
—Sí, señor, ansina es como el señor lo cuenta –decía la vieja–, pero ya verá su mercé, que desde anoche se jue la chichi, y no se jalla otra ni por Dios ni por sus santos, y por eso lloraba el niño; porque como la leche de mi ama está retesa, no se la puede dar porque se empachará el probecito26.
—¡Mire qué caso! –decía Pascual–, y ¿quén le ha mandado que la deje retesar?, ¿por qué no le dio de mamar dende los prencipios, que a fe que no se le retesara?
—¿Qué cuentas tengo yo con eso? –replicaba la vieja–, ¿acaso yo la mando o es mi hija? Pero, señor, a la probe* de mi ama le viene tanta leche, que por más remedios y porquerías de la botica que le mandan los médicos, no se le puede retirar, y por eso cada rato es menester que los perros le vacíen los pechos; ¡ya se ve, que es tan enferma la probe señora!…
—¿Qué enferma ha de ser? –respondía Pascual–: si la viera, mi amo, qué colorada está y más gorda que un marrano capón, y con dos tetas tamañotas, que a fe que para vaca chichigua valía un dineral; mañosa será ella, que no enferma. Muy rala será la mujer que no pueda criar a sus hijos por enferma. ¿No mira a mi ama, doña Matildita, cómo está criando a su niña y no se enferma?
c Huachichil. Frijol de color punzó [‘rojo vivo’] que no se come. Úsase de esta frase vulgarmente para significar que alguna persona se pone muy colorada.
p. 43—Pues en fin, yo no vengo a chismes ni averiguaciones –decía la vieja–, deme usted mis perros y acabadas cuentas, que Dios sabe los pasos que me cuesta andar la ceca* y la meca en busca de los perros27; y ansí haberlos, que ya me voy y se me hace mala obra.
—Pues yo no doy los perros, es gana28 –decía Pascual–; dos tigres le diera yo para que le comieran los entresijos a su ama por verduga de su hijo; y ya se puede ir de aquí la señora alcahueta de los perros; porque si no, por vida mía que colicencia del amo le he de cortar las orejas con este cuchillo.
Diciendo esto, se sacó de la bota un puñal, y amenazó a la vieja con tan buen aire de enojo, que la pobre huyó más que de paso, rezongando sesenta retobos y desvergüenzas contra el payo; pero iba tan de prisa que por poco tira a su amo, que a este tiempo iba entrando por la sala, el cual se quedó sorprendido al ver a Pascual con los perros en una mano y con el cuchillo en la otra amenazando de muerte a su cocinera.
Apenas don Rodrigo advirtió por algunas palabras sueltas que aquel caballero era el esposo de doña Liduvina, cuando haciéndole tomar asiento, lo satisfizo con toda urbanidad del desacierto de su criado Pascual. A lo que el caballero dijo:
—Ya yo veo que este buen hombre ha hecho esto por amor de mi hijo, lo que es de* agradecer. También le tengo dicho a Liduvina que se ponga en los pezones botellas con agua caliente, y no perros, que puedan darle una mordida y costar caro; pero ella no entra por el aro. Está decidida por los perros, porque dice que estos chupan breve y no con la broma de las botellas.
—¿Pero no fuera mejor –decía el coronel– que la señorita criara a su niño, supuesto que tiene tanta y tan buena leche? Seguramente en este caso el niño se criará* más sano y robusto y se ahorrarán ustedes de médicos, boticas, nodrizas, perros y botellas.
—Es verdad –reponía el señor de los perritos–, pero ¿qué quiere vuestra señoría, si es menester condescender con las mujeres? Como yo estoy recién casado y la mía es joven y bonita, trata de cuidarse, y es preciso darle gusto. Si fuera fea, seguramente yo no me metería en tantos cumplimientosd: ella criara a sus hijos, o no los criara; pero es de mérito y es menester cuidarla. Ahora mismo me mandó por los perros, y me ha de hacer vuestra señoría favor de que los lleve, porque si no, habrá en casa una del demonio.
El coronel no quiso contestar más con aquel necio, y mandó en tono de amo a Pascual, que diera los perros a aquel señor, pues cada uno sabía lo que había de hacer en su casa.
Pascual con alguna repugnancia volvió los perros, y el interesado los entregó a la vieja, que los recibió con mil manos, y llenándolos de besos les decía:
—¡Ay, hijos* de mi alma, y en qué grandes peligros han estado!
Acabada la ridícula ceremonia de la vieja, los envolvió en su rebozo, y amo y criada se despidieron del coronel y de su esposa, pero no del payo, que los miraba con ojos encarnizados. Por fin se fueron, y de este modo acabó la graciosa aventura de los perritos de leche.
d Es una observación. Pocas desairaditas por la naturaleza tienen chichiguas que críen a sus hijos, así como pocas bonitas con tal cual proporción dejan de tenerlas. ¿En qué estará esto?
p. 44Luego que los de casa estuvieron solos, el coronel hizo sentar a Pascual, y encaminando la conversación a su mujer la dijo29:
—¿Ves confirmado lo que te acabo de decir, de que es difícil exterminar este abuso de las sociedades que llaman cultas? Él es tan antiguo como funestas sus consecuencias. En la historia romana se cuenta que siendo dictador Cornelio Escipión*, cometieron un grave delito, unos oficiales de guerra, por el que fueron condenados a muerte. Se empeñó lo principal de Roma para conseguirles el indulto, mas fue en vano; el juez estaba inexorable. Se empeñó su hermano de Cornelio, y nada pudo conseguir. Últimamente, y por no dejar diligencia que hacer, interesaron para el mismo empeño a una hermana de leche del dictador, y apenas esta rogó por los delincuentes cuando fueron declarados por libres. Esto no pudo menos que agraviar a su hermano, quien manifestó su queja a Cornelio; pero este se disculpó diciéndole: «Hermano, te aseguro que yo tengo por más madre a la que me crio y no me parió, que a la que me parió y al instante me abandonó a ajenos brazos, pues esta no es verdadera madre; y pues solo a la que me crio tengo por madre, justo es que a esta* la tenga por verdadera hermana y muy amada»30.
»Con tan oportuna respuesta quedó reprendida la conducta de la madre, vengado el hijo, premiada la nodriza, satisfecho el hermano, y callada la murmuración de los que no comprendieron este misterio.
»De los dos Gracos, famosos romanos, se lee también que tuvieron un tercer hermano bastardo, muy valeroso y afortunado en la guerra, el cual, viniendo triunfante del Asia, entró en su casa, y hallándose en ella a su madre y a su ama de leche, o chichigua, como acá decimos, regaló a la madre una cinta de plata, y a la chichi un joyel de oro y piedras finas. La madre se agravió por la desventaja; mas él la avergonzó diciéndola: «No te admire, madre, el que haga esta distinción, pues tú solamente me cargaste en tu vientre nueve meses, y nacido me echaste de tus brazos, recogiéndome en los suyos mi nodriza, alimentándome y cuidándome tres años con el mayor cariño. Mira si puedo decir que le debo más que a ti»31. ¡Justa reprensión que debe escuchar la madre que con mucha robustez abandona sus hijos a otros brazos, por el criminal motivo de no desmejorar su semblante!
»Todavía no se ve en este reino, ni Dios lo permita, otra circunstancia más cruel en el mismo caso, que se ha visto en otras partes, y es enviar los hijos, luego que nacen, a que los críe la nodriza en una aldea o pueblo lejos de la ciudad en que viven las madres, quienes no vuelven a verlos hasta que andan, hablan y comen por su mano. ¡Abuso excesivo, que ha sido causa de mil equivocaciones funestas, que después nos han divertido en comedias o tragedias!
»Reinando Alejandro en Macedonia, siendo rey de los epirotas Artabano, tuvo este un hijo, al que desterró a una aldea en poder de una chichigua. Algunos lo supieron, y sobornando a esta con dinero, la hicieron tuviera en su casa a un niño, hijo de un principal caballero, quien se llevó al hijo del rey a su casa y le nombró de hijo. En este error se mantuvieron los dos niños, hasta que murió el rey padre, y dejó por heredero al que creía que era su hijo, esto es, al que volvió la nodriza de la aldea. Iban ya a coronarlo, cuando la ama declaró que aquel no era hijo del rey, sino el que tenía en su casa el caballero fulano. De esto resultaron dos partidos y de ellos una guerra intestina tan cruel, que en ella se mataron los dos pretendientes a la corona, en una batalla que costó muchas vidas a los infelices ciudadanos32.
»Por este motivo estableció el Senado una ley por la que mandaba «que todas las mujeres criasen a sus propios hijos, y que las princesas y señoras enfermizas criasen a lo menos al primogénito»33.
p. 45
Yo aseguro –dice un autor español–, que no dejará de haber algunos mayorazgos sin hijos ni herederos, y que los legítimos andarán, tal vez, vendiendo arena y ladrillo o siendo peones de albañil. Lo cierto es que solo el que cría la madre a sus pechos puede asegurar que es su hijo, o el que se cría en casa y siempre a la vista34.
»Aquí no hay tanto exceso; pero yo he conocido más de dos señoras que luego que paren entregan al niño a la que se encarga de cuidarlo y criarlo, y no lo vuelven a ver hasta que anda. Tú conoces a tu hermana; no es necesario ir muy lejos.
»La enfermedad verdadera o una causa legítima, como la conservación de la pública honestidad, excusan a las mujeres de criar ellas mismas a sus hijos.
»Una madre que no puede lucir el fruto de su vientre sin detrimento de su honor, o una contagiada del mal venéreo u otro igual, no debe criar a sus hijos, está excusada de esta obligación. Pero en este caso se debe pulsar con mucho tiento la elección de las nodrizas, y no dar al niño la primera que se halla a mano. «Cuando las madres no pudieren criar a sus hijos por alguna razón de primera necesidad −dice un sabio escritor de nuestro México−, juzgo que deben buscarse unas nodrizas virtuosas y con proporción a la naturaleza del niño»e. Por lo que respecta a la pureza de costumbres, encarga san Gerónimo que no sea vinosa, ni lasciva ni patrañera. Plutarco y Ludovico Septalio quieren que las nodrizas sean de una complexión muy semejante a la de la madre; pero en especial que sean sanas y de buenas costumbres, apacibles, castas, sobrias y afables. La ley 3, título 7 de nuestro código español dice:
Que deben darse a los niños amas sanas, robustas e de buen linage ca bien como el niño se gobierna e se cría en el cuerpo de la madre fasta que nace, otro si se gobierna y se cría del ama desde que le da la teta, fasta que gela tuelle, e porque el tiempo de la crianza es mas luengo que el de la madre, por ende no puede ser que no reciba mucho del contenente e de las costumbres de la ama36.
»No está la naturaleza un punto ociosa; pero la tiranía de muchas madres frustran sus fines con notable daño de la humanidad.
Las nodrizas deben ser de veinte a treinta y dos años; la leche no ha de pasar de cuatro a cinco meses; que no hayan tenido partos difíciles; que tengan, si puede ser, el pelo negro o castaño; porque las rubias o azafranadas suelen tener la leche agria –dice Ballexserd*–, quien quiere que no tenga mal olor en la boca, y la dentadura blanca, y fuerte, pues esta es señal de buena linfa, y por consiguiente de leche muy buena37.
La leche, para ser buena, debe ser blanca, sin olor y de poco sabor, no muy aguada ni muy espesa, sino de un medio racional, pues será mala la amarga o salada, de color desigual, y muy espesa o muy delgada…*
Finalmente, del régimen de vida de las que crían depende generalmente la buena o mala constitución de los niños; pues se ha observado que aun las complexiones más débiles y enfermizas se han restaurado con encomendarlas a una nodriza robusta y cuidadosa de sus obligaciones, lo que no se paga con ningún oro. Semejantes nodrizas deberían ser premiadas con un lugar distinguido en las familias, y aquellos niños que se han alimentado a sus pechos debían apreciarlas como a segundas madres, y protegerlas cuando crecen y se ven en unos puestos capaces de proporcionarles comodidades y descanso.
p. 46»Por el juicioso discurso de este escritor advertirás que hay ocasiones en que es indispensable el saberlas elegir adornadas de las cualidades dichas, o siquiera con las menos tachas que se pudiere.
»Esta indulgencia se extiende a las madres que por una causa legítima no pueden criar a sus hijos; no a aquellas que por no acabarse, y por no ponerse descoloridas, buscan* pretextos de debajo de la tierra, aparentando enfermedades que no tienen, lo mismo que para no ayunar las que pueden; y lo peor es que se hallan médicos liberalísimos para lisonjear con su opinión el deseo de las pretendientes. ¡Pobres médicos! No obstante, si tú quieres…
—¡Ay!, no, ni pensarlo –decía la amante Matilde–. ¿Yo había de abandonar a mi hija a otros brazos por no ponerme descolorida? Así entendiera morirme.
»Ella es mi hija, y el rato que la tengo colgada de mis pechos, la quiero más que nunca. Es imposible que mi hermana quiera a Pomposa como yo a esta peloncilla de mi vida38.
Diciendo esto la apretaba y la llenaba de besos con la mayor ternura, y el coronel, rebosando la satisfacción que sentía en estas escenas, abrazaba a su esposa y la decía:
—Tú, sí, eres verdadera madre; tú, sí, cumples con los deberes de la naturaleza.
»Ella, yo y tu hija tenemos en ti el imán de nuestras delicias. La naturaleza humana reconoce en ti un individuo suyo propio, yo una digna esposa, y tu hija una amante y verdadera madre, bastante a desempeñar este sagrado título.
Así pasaron como dos años en la primera crianza de estas niñas, al cabo de los cuales observé lo que leeréis en el capítulo segundo*.
i frisaba] se acercaba a 1831, 1842.
ii harto] algo 1842. Probablemente corregido por la aparente contradicción entre el intensificador y el adjetivo.
iii No] Ya se ve que 1818. Aunque es un introductor común en la escritura de Lizardi, en este caso dificulta la comprensión del texto, por lo que he seguido la cuarta edición.
iv Así en el original. La cuarta edición corrige el laísmo de forma sostenida a lo largo de la novela. No anotaré estas correcciones en esta edición.
v Eliminado en la cuarta edición.
vi Haces] Luces 1842.
vii coge] encoge 1842.
viii san Quintín] sanquintín. En la cuarta edición se suprime el «ello» inicial, incómodo en la construcción impersonal, y se sustituye por «hubo en casa por esto un san Quintín desesperado».
ix La cuarta edición invierte el orden para mayor claridad: «precipitadamente a la sala, haciendo un terrible ruido con las espuelas».
x De acuerdo a la intención del autor, se mantienen aquí todas las deformaciones lingüísticas que tratan de reproducir el habla campesina, siguiendo la primera edición. En las ediciones posteriores, los editores han vacilado en el mantenimiento de algunas más complejas. No se anotarán aquí esas rectificaciones, y solo se anotarán las necesarias para la comprensión del texto.
xi Pascual] Pasqual 1818. Se ha regularizado en todos los casos.
xii a la probe] la probe.
xiii ceca] seca. Puede que la forma con la grafía s estuviera como marca fonética, pero teniendo en cuenta que el seseo es generalizado, y por aclarar la expresión, he restituido la forma con c.
xiv es de] debo 1842.
xv criará] estará 1842. Probablemente se sustituye para evitar la repetición léxica.
xvi hijos] hijos míos 1842.
xvii Escipión] Scipión.
xviii esta] su hija 1842.
xix Ballexserd] Ballejerd.
xx Estos puntos suspensivos dentro de una cita textual, en este caso y todos los siguientes, señalaban una elisión de texto de la fuente original. Lizardi aplica esta norma sistemáticamente en todas las citas, por lo que a partir de ahora ya no lo indicaré en nota al pie.
xxi buscan] sacan 1842.
xxii segundo] siguiente 1842.
12 Se llamaba curras, aquí con sentido ridiculizador, a las señoritas o damas bien puestas (Santamaría). Los petimetres, presuntuosos y pretenciosos, han sido blancos de la sátira frecuentemente en la tradición literaria.
13 Desde el inicio quedan definidos por contraste los dos grupos familiares, con cierto delineamiento maniqueo en la presentación de sus atributos. Los nombres de la familia Langaruto Contreras tienen cierto regusto alegórico: Dionisio, dios del vino y las diversiones, de apellido con resonancias despectivas, y Eufrosina, etimológicamente, el ‘júbilo’ o la ‘alegría’. La correspondencia de nombres y atributos continuará en la asignación de los correspondientes a las hijas de ambos matrimonios, que se presentarán poco después: Pomposa (adjetivo de pompa, ‘boato, ostentación’) frente a Pudenciana (del latín pudens, ‘honesto, casto’).
14 Mono: «envanecido, orgulloso, presumidor» (Santamaría).
15 Franquearse: «prestarse fácilmente a los deseos de otra» (DRAE).
16 Grávida: «dicho de una mujer: preñada» (DRAE). Santamaría lo recoge como mexicanismo, aludiendo precisamente a este ejemplo de La Quijotita. El narrador, con este mínimo comentario de carácter proléptico, anuncia ya el diferente camino hacia la felicidad que recorrerán las protagonistas.
17 Chichi, o chichigua (como aparecerá después): «nodriza, criandera que da el pecho a niño ajeno» (Santamaría). Vulgarmente, se llama chichi (también chiche) al pecho de la mujer, de ahí que aparezca junto al adjetivo alquilona en este contexto. Para una y otra voz, Santamaría recurre en varias acepciones a los ejemplos de esta novela.
18 La chata encuentra los argumentos de su marido anticuados (vejestorios) y de poco fundamento (faramalla: «charla artificiosa encaminada a engañar», DRAE), arbitrarios y caprichosos.
19 La nodriza que trae el marido, además de porfiada y testaruda (retobada, Santamaría, de retobar: ‘refunfuñar, protestar’), le pareció sospechosa de padecer sífilis (gálica, DRAE).
20 En este momento hace entrada Pascual, un campesino (payo: «persona campesina o de poblados pequeños, que se engenta en la ciudad», Santamaría) al servicio de don Rodrigo, caracterizado por una vestimenta acorde con su oficio: la manga embrocada, puesta ‘a manera de casulla’, cubierto con un pañuelo para protegerse del sol y con las botas campaneras, propias de rancheros y charros, «una pieza grande de gamuza con que se envolvía la pantorrilla, sujetándose abajo de la rodilla con un atadero, y bajaba hasta tocar la espuela» (Santamaría). A lo largo de la novela, Fernández de Lizardi reproducirá el habla de Pascual trasladando a la escritura los rasgos del habla campesina y popular.
21 Quen, por caen.
22 Ascan está por axcan (pronunciado ashcan, lo que explica la ortografía de la primera edición que reproduce la pronunciación de Pascual): es término náhuatl utilizado como adverbio por «ahora; está bien; así, así» (Santamaría, que reproduce estas mismas líneas). Ansina: ‘así’ (DRAE) viene a redundar la primera afirmación; tiene marca de arcaísmo y de uso rural.
23 Güido, por oído.
24 Saleyita, por zaleyita: diminutivo de zalea, «cuero de oveja o carnero» (DRAE). Desmorecerse, ‘perecerse’, «padecer con violencia un afecto» (DRAE). Recámara: ‘alcoba, dormitorio’ (Santamaría).
25 Barbaján: «persona rústica y tosca en lenguaje y modales» (Santamaría, que recopila esta frase de la novela).
26 Retesar: ‘poner tirante algo’. Tal como continúa la oración, se entiende que los pechos de la señora se encontraban abundantemente llenos, precisamente por no haber dado de mamar a su hijo.
27 Ir de la ceca a la meca es expresión antigua (aparece ya en el Vocabulario de Gonzalo Correas) para indicar que se va de un lugar a otro sin provecho alguno.
28 Es gana: «es inútil, es imposible: no hay que empeñarse en ello» (Santamaría).
29 Esta será la primera intervención de don Rodrigo en la que se abre camino el caudal instructivo de la novela. Este primer discurso plantea una estructura que será común en el correr de los capítulos: la escena en la que mediante la acción o el diálogo se presenta una idea, por lo general errónea, y la consecuente intervención de don Rodrigo, que toma la palabra para la exposición retórica de un discurso instructivo y persuasivo: en este caso partirá por los casos históricos y los ejemplos, las citas de autoridad y una breve conclusión, a la que sigue la asimilación del receptor de la enseñanza, en este caso su esposa Matilde.
30 El primero de los casos corresponde al general y político de la República Romana, Publio Cornelio Escipión, el Africano, famoso por su papel en la campaña militar de Hispania y la invasión del norte de África. La fuente para este y los siguientes casos que cita el coronel deben proceder directamente de la obra de Esteban Colomer, Oír, ver y callar y el mayor monstruo del mundo (Madrid, Imprenta de Pedro Marín, 1781). Fernández de Lizardi reescribirá los casos de Escipión, los Gracos y Artabano que aparecen ahí, y finalizará con una cita directa del libro, cuya autoría será declarada en nota. En cualquier caso, las tres anécdotas históricas referidas aparecen ya, en el mismo orden, en el Reloj de príncipes de Antonio de Guevara (1529), en el capítulo XIX del segundo libro de aquella obra, dedicado al mismo asunto y cuyo título evidencia la relación directa con este episodio de la Quijotita: «De cómo el autor todavía persuade a las mujeres a que críen a sus hijos, y que muchas señoras tienen por estado tener perricos en los pechos, y tienen por afrenta criar a sus propios hijos». La obra de Guevara recoge también el caso, en aquella obra situado en la Roma clásica, de las madres que amamantan a los perros en lugar de a sus hijos, y que aquí han trasladado a la novela Pascual y la criada. Entre Antonio de Guevara y Colomer hubo muchas fuentes intermedias: estos ejemplos se hicieron comunes en el tratamiento de este asunto en otras obras de los siglos xvii y xviii de intención didáctica.
31 Los Gracos hace referencia a los hermanos Tiberio Sempronio y Cayo Sempronio, militares de la República romana. La madre de los Gracos es precisamente hermana de Escipión.
32 El último de los casos refiere uno de los reyes persas de nombre Artabano, que aquí se ha convertido, siguiendo la fuente, en rey de Epiro, región griega de los Balcanes (epirota sería el gentilicio). Palazón Mayoral ya señaló la incongruencia del nombre del rey con la sucesión de reyes de Epiro (I.1. nota 62).
33 La cita procede directamente del libro de Colomer, y esta a su vez es una reescritura de la obra de Antonio de Guevara: «El divino Platón a los griegos y Ligurgo a los lacedemonios en todas sus leyes ordenaron y mandaron que todas las mujeres plebeyas criasen a sus hijos, y las que eran princesas y delicadas a lo menos que criasen a los primogénitos». Cito, modernizando las grafías, por la edición de Emilio Blanco para las obras completas de Antonio de Guevara de la Biblioteca Castro, Relox de príncipes (Turner, 1994, pp. 461–462).
34 Desde las notas de la primera edición se indicaba aquí que este autor era Esteban Colomer. La cita es reproducción casi exacta (Oír, ver y callar y el mayor monstruo del mundo 105).
35 José María Barquera, el autor de la cita, fue editor de El Diario de México, primera publicación periódica del país. Entre sus trabajos publicados en esta cabecera, dedicó algunos números a la crianza física de los hijos y a la instrucción de las mujeres, como al que se alude aquí: «Sobre la ignorancia, y abandono en la crianza física de los niños» (Diario de México, n.º 173, 22 de marzo de 1806). Graciela Michelotti, siguiendo los estudios de Jefferson R. Spell, destaca en las ideas de Barquera la influencia de Aristóteles, Cicerón y Séneca de entre los clásicos, y Muratori y Blanchard de los contemporáneos (14, nota 31).
36 Este «código español» refiere al conjunto normativo que constituyen las Siete Partidas alfonsíes. Efectivamente, la ley 3 del título 7 de la Segunda Partida contiene el texto reproducido por Fernández de Lizardi en lo tocante a este punto de la guarda de los hijos. Pudo tomar esta cita de la obra de instrucción de Diego Saavedra Fajardo, Idea de un príncipe político christiano (1640), que en el primer emblema, en cuanto al cuidado de los niños y el mismo asunto, reproduce exactamente este fragmento.
37 Las citas proceden del libro de Jacques Ballexserd, Disseration sur l’education physique des enfants depuis leer naissance jusqu’à l’âge de puberté (1762). Desde al menos 1769 existía traducción al español firmada por Patricio de España, Crianza física de los niños desde su nacimiento hasta la pubertad (Madrid, Gabriel Ramírez, 1769). Las citas escogidas pertenecen al final del capítulo dedicado a la primera época: «Del nacimiento del niño, hasta el tiempo del destete». El último párrafo parece ser una reelaboración completa de Fernández de Lizardi a partir de las ideas defendidas, o proceder de otro lugar. En cualquier caso, se hacen pasar por cita, tal como declara luego el coronel.
38 Pelón: «muchacho de corta edad, chiquillo» (Santamaría).
